Del número 7.

Seguramente en el algún momento de tu vida, hayas tenido algún remordimiento que te atormenta. Algún secretillo que no quieras compartir o incluso algún cadáver en un armario (una especie así de Cristina Cifuentes y sus cremas). Luego una vez que lo confiesas ves que no era para tanto ( o si quien sabe) y tienes una sensación de alivio total. Te has quitado un peso de encima.

Ese es mi caso y pretendo solucionarlo hoy, quiero quitarme esa losa que me atormenta. Así que al lío: he de confesar que mi primer maratón no fue el de Madrid de 2.010. Mi primer maratón lo corrí en el año 1985 en Sevilla y hoy 34 años después por fin me atrevo a contarte como ocurrió todo.

En aquel entonces, andaba yo en el Instituto y teníamos un profesor de Educación Física que se empeñó en que corriéramos, para mejorar nuestra condición atlética que luego nos haría mejorar como futbolistas. Así desde que empezó el curso, nos hacía correr aumentando poco los tiempos que pasábamos corriendo.

Ni cortos ni perezosos, salió un día la idea de correr un maratón. Era finales de enero y un profesor sevillano creía recordar que se iba a hacer el primero en Sevilla. Entonces no había internet ni había publicidad de carrera. Lo de los maratones era como algo raro, de hecho en aquel entonces en España tan solo se corría el Maratón de Madrid, Barcelona, Bilbao y Valencia, debutando la capital andaluza en esa prueba.

Con un “no hay huevos” nos plantamos en Sevilla, con ganas de pasarlo bien y sin saber con exactitud lo que era un Maratón. Zapatillas Paredes, calcetines de nylon, pantalocinllo azul y camiseta blanca de algodón. El profe nos había dicho que lleváramos comida, por lo que cogí turrón (del blando, eso sí), pensando que entre los frutos secos y el azúcar, sería alimento más que suficiente para terminar la prueba.

El problema era en donde colocar el turrón para cuando llegara el momento. Los pantalones azules no tenían bolsillos, pero si un braguero. Por lo que la solución vino en forma de 8 bolitas de turrón envueltas en su correspondiente papel de aluminio.

Maratón de Sevilla, foto ABC
Maratón de Sevilla, foto ABC

Allí estaba yo, en la salida con 10 pelotas (las 8 de turrón/aluminio y las 2 de siempre) como para que no hubiera huevos.

Pese a que estamos a primeros de marzo, el calor es ingente. A las 10 de la mañana se da la salida y ya estamos sudando. El tiempo y los kilómetros pasaban y el sudor cada vez era mayor. Comencé con los primeros escozores en las axilas. Ni que decir tiene que no sabíamos lo que era la vaselina.

Unos kilómetros más adelante, lo pezones empezaron a abrasar y un malestar envuelve todo mi cuerpo. Eran algo más de las 12, la hora del Ángelus y yo no había llegado todavía al kilómetro 15, pero me parecía que llevara 50 kilómetros. Me dolía todo, sudaba por todos lados y notaba que todo me rozaba.

A la media hora, eché mano a algo de comida y saqué una de las 8 bolas de turrón con su correspondiente envoltorio que tenía en el braguero. Noté cierto alivio, comí y bebí en uno de los avituallamientos y continué como pude.

Poco más de cuatro horas, para llegar al kilómetro 30. Soy un cadáver andante, me duele todo y voy sangrando por varios sitios: axilas, pezones y un hilillo que sale de la entrepierna. ¿Qué me está pasando?

No acierto a comer más, puesto que voy zombie, hace ya muchos kilómetros que he dejado de correr y cuando llego a meta han pasado casi seis horas y media.

Nada más cruzar la línea de meta comienzan a curarme. La enfermera como puede me pide que me baje los pantalones y allí, aparecen en el braguero siete bolitas de turrón/aluminio que han hecho una llaga de tal calibre en santa sea la parte que incluso se ha de proceder a su vendado.

La llaga es en forma de 7 y aún hoy, conservo ese 7 a modo de marca y recuerdo de mi primer maratón. Te podría contar lo mal que lo pasé en los 10 o 15 días siguientes hasta que aquello curó. Sobre todo cuando aquello quería ejercer su función primaria y cambiaba de volumen, produciendo un rozamiento tal que me hacía ver las estrellas. Podría contarte incluso que a mi vuelta hubo alguna ocasión en la que estando en trance de desenfundar, tuve que rehuir el choque aún a fuerza de quedar mal, por no dar la lastimosa impresión de padecer enfermedad de gravedad y no un corte en forma de 7.

No se si el número 7, es un homenaje a las bolitas que quedaron o una simple casualidad, pero aquel 10 de marzo de 1985, quedó grabado en mi memoria, de la misma forma que le número 7 quedó grabado en mi cuerpo.

Que la fuerza te acompañe.