De mi incursión en el cine porno.

Vaya por delante, que pese al título de la columna, puedo prometer y prometo y hasta puede que lo cumpla, que no vas a leer una palabra más alta que otra. Además de mi madre también cuento entre mis lectores con  el Chuchi (ya sabes Don Jesús Mercado, párroco de El Salvador). Por lo que, cuando no es el uno es el otro y cuando no es el sexto mandamiento es el noveno, se por esto o por otro caso, el caso es que sin ser yo católico, no veas las que me lían, por no  hacerles ni caso.

Pero entremos en materia, aunque esta sea difusa. Muchos de Guadalajara y sus aledaños (incluída la muy leal y noble provincia de Sacedón), aún recordarán aquellos carteles que anunciaban que se buscaba al Roco Siffredi de la Alcarria.

En los mismos, se citaba a los interesados a personarse en un lugar de moda de por aquel entonces, para pasar el oportuno casting. Por discreción no se me ocurrirá revelar el nombre del sitio, no tengo “Por qué”.  Si quisiera darte una pista, te diría que estaba cerca de la Plaza de Toros y que ahora hay una cervecería.

Tampoco se el cómo ni el porqué, pero dichos carteles llegaron a Sacedón. Por ser más concretos a la Discoteca Nayade.

Nayade. Photo by torbakhopper on Visualhunt.com / CC BY-ND
Nayade. Photo by torbakhopper on Visualhunt.com / CC BY-ND

Aún recuerdo el ritual de aquél entonces:

  • Primero ducha antes de salir de casa (los detalles los dejo a tu imaginación).
  • Después crema de manos Atrix (para tenerlas suaves para un “porsiacá”),
  • Luego colonia Nenuco (si Nenuco, había leído que por asociación de ideas o por zeromonas, tenían cierto efecto afrodisíaco en el sexo femenino y no estaba la cosa como para desperdiciar nada)
  • Para rematar entrada en Nayade (dando una vuelta para ver que se cocía)
  • Y por último esperar a las lentas (por si lo que se cocía, tenía a bien escaparse después a los sofás o aún mejor fuera a quemarte o dejaba que te cocieras poco a poco, para dejarte con un palmo de narices o de lo que fuera).

Pues era un día de estos últimos, los tres habíamos fracasado. Bueno a decir verdad, tan solo dos lo intentábamos, el otro tenía hasta un canción porque no lo intentaba (decía algo así como “…y un repique de campanas y un repique de campanas, cuando…”). Y después del fracaso y de unos chupitos, vimos que ese martes era el casting.

Ni cortos ni perezosos, repetimos el ritual descrito (en este caso, estrenando abanderado, por si no tenían que grabar con ellos) y nos plantamos en el citado lugar a la hora indicada. Las esperanzas de como sería el asunto, fueron “in crescendo” según pasábamos curva tras curva de la antigua nacional 320 a bordo de aquel legendario Renault 5 verde. Primero solo nos iban a ver, luego nos iban a ver actuar solos, luego ya con alguna chica. Con decirte que  bajando el Sotillo nuestra imaginación iba ya por una orgía multitudinaria de la leche. Conclusión triunfábamos si o si, con lo que tan solo nos quedaba el suponer como iban a ser las mozas.

La cosa no empezó muy bien, nos recibió un italiano de casi dos metros, mal encarado y peor educado. Nos pusimos en la fila y nos dijo que nos quedáramos como nuestra madre nos trajo al mundo, lo que hicimos metiendo la ropa en una bolsa de basura donde anotamos nuestro nombre y nuestro número (yo tenía el 37, éramos unos 50).

Esperábamos todos en fila, descalzos y desnudos, con sumo cuidado de que un ligero empujón o un mero traspiés, terminara con un altercado al pegarle con todo “el filete” al de delante o chocara contigo el de atrás. He de reconocer que casi todos, mirábamos no sin cierto disimulo a los demás, por aquello de comparar, medir mentalmente y hacer cuentas mentales sobre nuestras posibilidades de ser las nuevas estrellas del porno español. Nos hicieron pasar de uno en uno a una sala. Cuando tocó mi torno, me tomaron todos los datos, me hicieron firmar un papel que apenas leí, me hicieron varias fotos desnudo y me midieron.

Cuando digo que me midieron, digo que me midieron en toda la extensión de la palabra. Hubo poner “el asunto” en una especie de bacaladera con un cartel que ponía “Penemétrico” y una marca en los 24 centímetros, con el indicativo Rocco. A tu imaginación quedo la distancia que marcó la espada laser de este humilde Padawan.

Por mi parte, tuve suerte por pasar “en reposo”, puesto que parecer ser que  eran necesarias ambas medidas. Como es natural, es más sencillo poner “firmes” que lo contrario. Por lo que se, los que llegaron ya en dicha posición, fueron regados con agua helada, para buscar el oportuno relax y completar la medida.

Después de varias fotos, con y sin medidas, nos hicieron pasar a otra sala en la que había otros dos tíos (pedazo de armarios roperos), donde nos dieron la bolsa de la ropa y nos dijeron que esperáramos sin poder vestirnos. De las chicas con las que habíamos soñado en voz alta en el coche, ni rastro.

Los mismos que habíamos entrado, terminamos por estar allí, esperando de pie, en pelota picada. En ese momento, se juntaron unos 10 gigantones y nos invitaron a salir a una pequeña carpa que estaba junto a la puerta. Todo ello a grito pelado, a empujones y amenazándonos con llenar Guadalajara de nuestras fotos y con nuestras medidas

Momento en el que descubrimos, lo frío que es Guadalajara en noviembre y lo pardillos que somos los tíos. Ninguno habíamos leído el papel y ninguno se había dado cuenta de que nos habían devuelto la ropa pero no la cartera.

En lo que a nuestro trío respecta, no optamos por personarnos en la policía ni nada por el estilo. Creo que todos y cada uno hicimos lo mismo. Primero por temor a que la historia se supiera y segundo, por si cumplían su palabra y veíamos  Guadalajara empapelado, con aquellas fotos.

Nos volvimos al pueblo, dando por buena la pérdida de la cartera (en mi caso además de la renovación del DNI, me costó un calendario, 6500 pesetas y un preservativo a punto de caducar).

Seguramente si preguntas por Guadalajara, nadie reconocerá que participo en este sucedido. Igual hasta yo mismo te digo que es producto de mi calenturienta imaginación. Pero ahora que no me oye nadie, te confesaré que todavía tengo pesadillas con ver mis fotos en el “Penemétrico” colgadas en el Facebook.

Que la fuerza te acompañe.