De las sábanas en el congelador

Llega el primero de julio y como cada año toca despedir estas crónicas hasta septiembre. Ya sabes, el calor aprieta y las ganas decaen (las de escribir solamente, las otras supongo que a los 95 años). En cualquier caso no me gustaría despedirme de ti  sin darte el mejor consejo que nadie te haya dado para combatir el calor a la hora de dormir.

Igual piensas que me refiero a usar el aire acondicionado a “tocimbel”, pues no. Esta medida tiene el efecto secundario de gastar mucha electricidad y encima te puedes acatarrar. Lo mismo podríamos decir de ventiladores (que mueven el aire caliente) o similares.

Tampoco me refiero a dormir en el suelo. Esto no me gusta por dos razones. Una porque o estás soltando la Roomba todos los días o suele haber polvo. La otra razón me parece aún más importante, supongo que sabes que a lo largo de un año, todos nos tragamos una media de nueve arañas mientras dormimos. Así sin enterarnos y sin anestesia nueve morgaños que nos echamos al talego. Nueve arácnidos que bien podrían ser 15 o 17 si pernoctamos encima del suelo en épocas de calor.

Hay también quien aconseja (no seré yo), el meter una botella en el congelador y luego andar frotándola por el lecho. Pero que quieres que te diga, cuando se junta en una frase frotar y lecho, pensar en una botella congelada, como que no.

Por tanto, voy con este “veranoconsejo”, que se lleva haciendo en mi familia, desde que lo inventó una tía mía al poco de comprar su primera “fresquera”.

Un par de horas antes de que te vayas a ir a la cama a dormir, coges la sábana bajera, la pulverizas agua con un “chus-chus”  y la metes “arruguña” (no planchadita, que no causa el mismo efecto) en el congelador.

SABANAS CONGELADAS
SABANAS CONGELADAS

Y justo cuando vayas a la cama, coges la sábana del congelador y sin quitarles la escarcha ni nada, la colocas y a dormir tan fresquito.

Ahora bien, ándate con cuidado y que no excedan las dos horas. Puesto que el jueves pasado  metí la sábana a mediodía y a esos de las 23:18 me fui a acostar con mi sábana heladita y a dormir tan fresky-fresky.

Creo que ya te he dicho que soy de dormir a escape libre (esto es, con “el filete” suelto). Ese día era tal la cantidad de escarcha que había acumulado la sábana que a los cinco minutos de acostarme y al ir a revolverme en la cama, noté que “aquello” se había pegado a la sábana.

No te puedes imaginar lo incómodo que es el presentarse en el servicio de Urgencias del Hospital de Guadalajara con una sábana pegada y ver como a duras penas se aguantaba la risa la enfermera que me tuvo que curar.

Aunque para incomodidad,  las tres semanas de “reposo” que me han recetado, no te digo más que voy por la calle mirando al suelo, no sea que sin querer la vista se vaya al queso y «aquello» tome cuerpo y empiece a tirar la costra de la úlcera que allí se ha formado.

Que la fuerza te acompañe.