De la tubería de Pochancas

De entre los numerosos pueblos de Guadalajara, me gustaría destacar a la muy noble y leal villa de  Pochancas del Poyato. La cual es conocida sobre todo por su bello entorno natural, viviendo sus gentes fundamentalmente de la cereza, la almendra y de la miel, amén de los que están cobrando el paro –algunos trabajando a la vez- y de los que han montado una de las 67  casas rurales al abrigo de la subvenciones de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha.

Pochancas está en una zona de nadie, a caballo entre la Campiña y  la Alcarria, dándose el curioso hecho de que en algunos mapas aparece como Campiña y en otros como Alcarria. Con esto pasa como cuando llueve en un sitio y andas un centenar de metros hasta que “allí” no llueve, en “esas entremedias” hay una zona en la que llueve y no llueve a la vez, cosas del tiempo.

Pero vayamos a lo nuestro Pochancas, que  pilla lo suficientemente cerca de Guadalajara, como para sufrir en su momento lo que parecía ser un crecimiento desmesurado, pero lo suficientemente lejos como para que aquello no fructificara, ni aún en época de locura y desmadre colectivo.

Pochancas del Poyato, en fin es un pueblo como tantos otros y que, como diría Serrat “…esa calle y esa plaza y esa esquina y esa fuente y esa escuela nacional y esa estatua y ese puente y esa carretera general y ese perro muerto en la cuneta y esos albañiles en “pañoleta”…Casi ná.”

Si algo caracteriza a  Pochancas es su cambiante Ayuntamiento, ahora hay mayoría de los unos, cuando antes la hubo de los otros. Y andan los unos empeñados en cambiar lo que hicieron los otros para dejar rastro de su paso. Por concretar ahora están los unos empeñados en cambiar esa plaza y esa fuente, que es la fuente y la plaza del pueblo. Plaza que como no podía ser de otra forma, ahora es la de España, después de ser casi cuarenta años la del Caudillo.

El alcalde, uno de los cuatro liberados de la corporación municipal -pese a que Pochancas apenas cuenta con mil habitantes- había respondido toda la vida la nombre de Saturnino García de

Los jubilados de Pochancas disfrutando de la obra

Fuentes, hasta que en un pleno municipal, se hizo poner el Don delante del Saturnino para mayor gloria de su difunto abuelo y todo ello pese a ser incapaz de terminar la Educación General Básica –antigua ESO, para los de la ESO, que seguramente no sabrían lo que era ESO de la E.G.B- desde entonces, quedó instaurado en el protocolo del pueblo, que el alcalde sería Don, tuviera o no tuviera “Din” o estudios que refrendaran tal tratamiento.

 

En esa mañana de mayo, el alcalde no cogió su caballo y se fue a pasear puesto que,  junto con su concejal de obras, había sido llamado a la Plaza, para un asunto de suma urgencia. La cuadrilla de obras del Ayuntamiento, estaba parada hasta su decisión y había en juego un camión bomba de hormigón. Pese a ello Don Saturnino apuró sin mucha prisa “el sol y sombra” que se estaba tomando en la Taberna del Chato, según ojeaba el Marca.

Al llegar a la Plaza, le abrieron paso entre el grupo de jubilados que disfrutaban de la nueva obra de la Plaza –para ellos realmente eran estas obras. El encargado del Ayuntamiento estaba discutiendo con el Concejal de Obras, ante la atenta y ociosa mirada del resto de trabajadores.

– ¿Qué ocurre hoy? – preguntó no sin cierta sorna Don Saturnino y antes de que el concejal le contestara, el encargado le dijo.

– Teníamos el hormigón listo para echarlo, pero hemos visto que las tuberías de la fuente son de plomo y sería una pena no cambiarlas ahora y que se picaran y tener que levantar la plaza en unos meses.

Don Saturnino se levantó el sombrero que llevaba para evitar la inclemencia del sol y preguntó en voz alta.

– ¿Las tuberías se ven?

– ¿Cómo se van a ver? si van bajo las baldosas y el hormigón –contestó enojado el encargado.

– Entonces…

El encargado, cogió su móvil y avisó al camión hormigonera que habían mandado a verter su contenido a un camino cercano, para que se volviera. No tuvo éxito, el camionero avisó que mandaran unos peones a extender el hormigón en el camino que ese no era su trabajo y que como se pusiera duro habría que picarlo.

Pero mira tú por donde, había llegado la hora del bocadillo, con lo que la brigada de obras, desapareció de la Plaza.

Continuará…