Del entierro del Tío Cleto

Photo by Rhodi Lopez on Unsplash
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Son poco más allá de las seis de la tarde de un viernes de este caluroso mes de octubre. El cementerio de Pochancas está hasta reventar y no es para menos. El Tío Cleto, después de toda una vida de taberna y zanganeo ha pasado a mejor vida. Nunca se le conoció trabajo, porque no trabajó. Era un “nini” nacido a finales de los cincuenta, que siempre se les apañó para que alguien le invitara a un vino. Cuando no iba a recoger los periódicos al del bar, echaba las quinielas al de la carnicería o iba a recoger un café al del estanco.

Sin embargo, como diría Machado: “…hoy nos dicen la campana, que han de llevarse mañana…” Y es que su cuerpo dijo basta, su hígado comido por el alcohol y sus pulmones por los ducados, se plantaron y le dejaron en la estacada. Bromeaba siempre con que iba a durar más de cien años, sin embargo, hace apenas un mes, una brutal enfermedad de la que no quiso tratarse, le puso sobre aviso que sus días tocaban a fin.

No perdió su sonrisa, ni su afán por beber, fumar o bromear hasta el último día. Sus sobrinos le trataban de calmar y él siempre decía lo mismo:
– He vivido siempre así, para cuatro días que me quedan… muera Marta, muera harta – y soltaba una risotada.

Sonoras fueron sus bromas, como cuando se coló en la sacristía y pintó el escudo del Real Madrid en la sotana blanca de Don Amancio. Hemos de suponer que el nombre del párroco el inspiró en la gamberrada. O aquella otra vez que sustrajo la silla de ruedas del Moiselín, para jugar con ella a los autos locos en “la cuestabajolaiglesia”, de cuyo resultado terminó con una brecha abierta, un brazo roto y una colecta en el pueblo para una silla nueva.

Hoy la gente recuerda aquellos momentos, cuando Don Amancio termina su responso y la banda municipal, empieza a entonar “Paquito el Chocolatero” en el cementerio, por deseo expreso del finado, según dejó escrito en vida.

Un momento de silencio justo después del último “JE” y antes de comenzar a echar tierra sobre el ataúd, permitió escucharle.

Así de allí abajo, de dentro del mismo ataúd, se percibe claramente unos golpes y una voz ronca e inconfundible, la del Tío Cleto.

– Eheeeee ¿hay alguien ahí fuera? Esto está muy oscuro – el estupor inicial es lógico, la voz continúa con un – Cabrones, traedme un vino y un cigarro si queréis que esté aquí mucho tiempo.

En ese momento, todo el mundo se da cuenta que como no podía ser de otra forma, es una grabación y la carcajada es general.

– No me oís, que estoy aquí muy solo.

El Tío Cleto, como no podía ser de otra forma, había dejado preparada su última broma, la que sería más sonada y que puedes ver en cualquier red social. Y es que el Tío Cleto fue un personaje tan grande como el mismísimo Cid Campeador, capaz de derrotar la tristeza hasta después de muerto.

Que la fuerza y la sonrisa del Tío Cleto te acompañen.