Del camino de Pochancas.

Mal que me pese, he de reconocer que hay semanas es las que es francamente difícil el ejercer el excelso cargo de cronista oficial de la muy noble y leal villa de Pochancas del Poyato y esta, sin duda alguna, ha sido una de esas semanas.

Todo empezó por las quejas -en este caso más que fundadas- de los agricultores. No es que lloviera poco, ni mucho, ni tampoco lo contrario, el problema venía dado porque había estado obstaculizado el camino principal que lleva a las tierras de labor.

Así el camino que da nombre al apellido del pueblo -camino del Poyato- había estado obstruido por “peazo de mojón de hormigón” -palabras textuales del presidente de los agricultores- proveniente de un camión bomba, cuyo destino inicial era la plaza de la muy noble y leal villa de Pochancas.

Plaza que no recibió el hormigón por cosas y causas de la vida, me gustaría en todo caso emplazarte a que te documentaras en el siguiente enlace https://goo.gl/u4xDUl , puesto que he recibido alguna recomendación de las altas instancias de no dar mucha publicidad al asunto.

Haré aquí un inciso, para decirte que cuando hablo de altas instancias, lo hago desde el punto de vista de que Su Señoría Don Saturnino, a la postre alcalde del pueblo, no hizo la mili en su momento porque tiene una estatura de dos metros y tres centímetros en canal -como gusta él de recalcar.

A Pico y Pala en el Camino

Por continuar con la crónica, diré que las quejas de los agricultores, motivaron a su vez la queja de la Brigada de obras del Ayuntamiento. El motivo es obvio y evidente, la Brigada se vio ante la imposibilidad material de ir a extender el hormigón del camino.

A la hora prefijada para extenderlo, no hubo más remedio que marcharse a almorzar  «para evitar algún desmayo por inanición, más que nada»  y una cosa llevo a la otra. Esto es, que si con el bocadillo una cerveza, que si luego un chupito, que si luego vino el alcalde y pagó otra ronda. El caso es que cuando acabaron era casi la hora de irse a comer. Por lo que no hubo más remedio que marcharse a casa, guardando la herramienta, sin limpiarla eso si, puesto que no estaban las mentes muy lucidas como para ello. Por lo que el tema del hormigón quedó pospuesto hasta el lunes.

Cuando llegó el lunes, la evaporación y las características propias del hormigón habían hecho su efecto, por lo que en lugar de extenderlo, necesitaba ser picado. La pelota de uno a otro, y el “pica tu primero que a mí me da la risa”, motivó que terminara el martillo picador en manos del chico del “Pancetas”. El «Pancetillas» era conocido además de por su exceso de caspa, por sus pocas luces, por lo que no podía ser de otra manera, antes de empezar a picar el hormigón, se puso a enredar «que como funciona o deja de funcionar» con lo que se llevó un pie de calle.

Por suerte para el chaval el accidente no tuvo secuelas para él, pero si para el resto de la Brigada, puesto que ocasionó una visita de la Inspección de Trabajo. Visita que pudo comprobar, que el martillo picador, comprado en la ferretería del teniente de alcalde, carecía de homologación oficial y era de dudosa procedencia, pese a que, el Excelentísimo Ayuntamiento de Pochancas del Poyato, había pagado por él lo que costaban 6 martillos homologados. La grandeza de la muy noble y leal villa no era para menos y de hecho solo era comparable con el mencionado cabreo de la Brigada Municipal de Obras, cuando se vieron abocados al sistema tradicional para solucionar el «caso hormigón»: el pico y la pala.

Por suerte en estos dimes y diretes, siempre hay quien gana y el caso que nos ocupa fueron los jubilados, que pasaron de la plaza al camino para seguir disfrutando de las obras con la satisfacción añadida de ver que se alargarían al menos tres semanas más. Pues todo el mundo sabe que ese es el  tiempo mínimo necesario para que una Brigada Municipal de Obras pueda picar un camión de hormigón.

Continuará…