DE ENGANCHADOS.

DE ENGANCHANDOS.

En el capítulo anterior:

Este humilde servidor intenta aprovechar sus 15 días de vacaciones antes de irse a la mili, para disfrutar de un grato encuentro carnal en el mismísimo Logroño. En este mismo instante, se encuentra ante la puerta de la riojana, armado de una sonrisa, una larga melena, un piercing en la lengua y una caja de “viandas elásticas”.

Esperaba un recibimiento parecido a los que había visto en las películas que echaban en la piscina de mi pueblo los jueves por la noche; evidentemente estaba equivocado. En lugar de recibirme con escasa ropa interior, de esa que se ponen ellas para que nosotros se la quitemos, me recibió tapada por la puerta pero “a porta gayola”. Esto es sin más vestimenta, que el piercing situado en su labio menor izquierdo. Hago un inciso aquí, para indicar, que cuando me he referido a labio menor, ha sido con la intención de hacer ver, que evidentemente el piercing no estaba situado en los labios de su cara.

Por más que pienso, no alcanzo a recordar en cuanto tiempo, me desprendía de mis vaqueros, chupa y demás ropa. Lo único que recuerdo es que cuando quisimos darnos cuenta, estábamos encima de la cama, realizando las manipulaciones propias del caso. Manipulaciones que pese a la definición literal de tal expresión, conoces sobradamente, o al menos eso creo, que no solo se realizan de manera manual. En cualquier caso y con ánimo aclaratorio, te explicaré, que hay veces que se necesita dotar ciertas zonas de más humedad, con lo que la lengua juega un papel fundamental.

ENGANCHADOS.
ENGANCHADOS.

Pero mira tú por donde, que cuando la cosa, parecía que estaba alcanzando su punto adecuado para un perfecto acoplamiento, quiso el destino castigar nuestra lujuria. De tal modo qué, sin apenas darme cuenta, quedó mi piercing enganchado al suyo. Intenté sin éxito la liberación de ambas partes, pero sin saber el cómo ni el por qué, quedaron unidas como si fueran una y yo por tanto “atado” literalmente a tan noble zona.

Inicialmente ella se echó a reír, puesto que la escena era cuanto menos cómica. He de reconocer que yo no lo hice, simplemente porque tenía la lengua atrapada. Al cabo de un par de minutos, la cuestión ya no parecía tan graciosa. Ella me decía que me moviera para aquí o para allá. Metíamos ambos los dedos (en donde estaban los piercing, no más adentro), pero no había manera. Yo como apenas podía balbucear, gesticulaba indicando que no me era posible. Tiramos con delicadeza, tiramos a lo bruto, con manos, sin ellas,  cada uno “con lo nuestro” (esto es yo con mi lengua y ella con su pubis) pero no conseguimos más que causarnos dolor.

El tiempo avanzaba y la situación lejos de mejorar empeoraba. Mi boca se estaba quedando seca, con un insufrible picor en la garganta. Por no hablar de mis pobres cervicales en una situación tan forzada. Ella decía que estaba totalmente dolorida y maldecía mi torpeza. Para complicar más la situación, nos estábamos quedando fríos.

Continuará…

Que la fuerza te acompañe