Del caldo de la Riojana.

DEL CALDO DE LA RIOJANA.

En capítulos anteriores:

Este humilde servidor, se ha presentado en el mismísimo Logroño con el afán de consumar una relación que era meramente telefónica. Llegado el crítico de momento y en el momento clave, un piercing que tenía en la lengua se ha quedado enganchado con uno que tenía ella en su labio izquierdo.

Es posible que hayas deducido que el labio al que me refiero no estaba en su boca, pero si no te has hecho un retrato adecuado, te diré que estamos encima de la cama totalmente desnudos, enganchados (piercing lingual con piercing labio-vaginal) y quedándonos fríos.

Cuando hablo de quedarnos fríos, me refiero al literal sentido de la expresión, puesto que en el sentido “erótico-festivo” hacía tiempo que el ambiente era gélido. Estábamos en pleno mes de noviembre y ambos totalmente desnudos sin una mala sábana que nos cubriera.

Pensé que ya nada podría ser peor, evidentemente me equivocaba. Habían trascurrido poco más de tres cuartos de hora que a mi parecieron casi tres años. En ese momento ella empieza a decir que lleva ya rato aguantándose las ganas de hacer pis.

No podía yo imaginarme un mejor final, para lo que iba a ser un fin de semana de pasión desmedida que “el caldo de la riojana” calentando mi rostro según fuera escurriendo por el mismo.

Del Caldo de la Riojana

Como pude, conseguir balbucear un ruego para evitar que no relajara su esfínter. Ella no se lo tomó muy a bien, puesto que muy enfadada, me dijo que debería dar gracias que esas ganas se las podría aguantar, aunque no sabía por cuanto tiempo.

  • Has tenido suerte, porque si lo que viene es la regla “no te libraba ni el Tato”.

Como ves, por mucho que uno piense algo, siempre hay un momento y “un caldo peor” para una situación ya de por si lamentable. He de confesarte, que aún hoy muchos años después, cada vez que oigo a alguien hablar de un Rioja y definirlo como un buen caldo, revivo esta escena y este momento, como si fuera aquel mismo día.

Por suerte, en la mesilla de noche tenían sus padres un teléfono. He dicho sus padres, puesto que al fin y al cabo estábamos intentando “mancillar” el lecho marital de sus progenitores. Como es evidente sin conseguirlo, al menos de momento.

Así que buenamente, de manera sincronizada y como pudimos nos arrastramos hasta el borde para que ella pudiera llegar al mencionado aparato. Con lo de aparato, como es natural me refiero al teléfono, el otro (aparato) estaba en un estado de total flacidez y había quedado reducido a la mínima expresión. Aunque daba igual, ni un contorsionista hubiera llegado al mismo y desconozco, si hubiera sido capaz de recuperar su “lozanía” con algún tipo de pastilla azul, entonces no inventada.

Pese a lo lento que transcurría el tiempo, mis recuerdos se amontonan…

Continuará… y mientras continua ya sabes, que la fuerza te acompañe.