De vaya marrón (y 2).

Llegué al baño justo a tiempo y cerré con una patada la puerta tras de mí. Me senté y te supondrás lo que pasó, puesto que en algún momento habrás sufrido un trance similar (excepto que tu sistema digestivo sea como el de una cabra).

El trance de expulsión al que me refiero se repitió hasta en siete veces. En todas y cada una de las siete intenté levantarme y en todas y cada una de las siete, tuve que sentarme corriendo.

Entre estertores, sudores y olores, pasó una gran cantidad de tiempo que no fui capaz de precisar. Como tampoco fui capaz de precisar si en mi cuerpo, quedaba ya algo, fuera sólido, líquido o gaseoso.

Lo peor había pasado o eso era lo que yo creía, puesto que cuando pulsé el botón (ya no se tira de la cadena) el agua en lugar comenzó a subir en lugar de bajar y tragarse todo aquello que la naturaleza es capaz de generar. Hubo un momento de pánico al ver como ese amasijo de barrillo marrón subía a gran velocidad. Después de la duda la decisión, sin encomendarme a nadie me tiré al suelo y mano para adentro.

Entre arcadas, comencé a escarbar y noté en el fondo como un tapón. El agua ya llegaba casi al borde y yo no era capaz de quitarlo.-

Valla marrón
Valla marrón

– ¿Te pasa algo? – oí tras la puerta.

No estaba para contestar, cada segundo contaba si no quería que aquello se desbordaba.

– Llevas ahí dentro una eternidad. Dime que estás bien.

– Si, si – conseguí balbucear.

Como pude hice un último y desesperado intento de destaponar aquello. Cuando por fin cedió, aquello se destaponó o mejor dicho se “desentamponó”. Con un gesto de triunfo, conseguí con mi mano derecha sacar del fondo un amasijo de tampones, pelos, papel higiénico, toallitas y excrementos.

– ¡POR FIN¡ – grité viendo como el agua comenzaba a bajar.

Supongo que ella detrás de la puerta y no sabía si mi grito era porque el que tenía el tapón era yo o simplemente pensó que había perdido la cabeza, por lo que no pudo contener la curiosidad y abrió la puerta.

Allí estaba, sin nada encima, embadurnado de mierda hasta el hombro y con el maloliente amasijo goteando en mi mano derecha y el filete de lado a lado según me di la vuelta a mirarla.

– Yo, yo, yo, esto, lo siento, tiene su explicación.

– Supongo que sí, pero casi mejor que no la quiero conocer. Limpia esto lo mejor que puedas, vístete y márchate, después de verte así no me han quedado ganas de nada.

No sé, si recuerdo más aquella imagen suya que tenía grabada en mi memoria fotográfica o la del amasijo. Pero por encima de todos los recuerdos está la de aquel olor, olor que he rememorado el pasado fin de semana, cuando pude ver en el Museo de Londres, una muestra de “Fatberg”, que dejaron allí para la posteridad. Y es que hay cosas en esta vida que, aunque esté feo decirlo son una mierda.

Que la fuerza te acompañe.