De vaya marrón 1

Ese día la miré, como cada día, como siempre, como llevaba haciéndolo desde que comenzó el curso. Si es cierto que existe eso que llaman la memoria fotográfica, yo tenía grabadas miles de fotografías suyas en mi memoria. Su sonrisa, su pelo ensortijado, su voz, sus andares, cada curva de su grácil figura, en fin, su todo.

Pero ese día era diferente, me había podido ir acercando poco a poco a ella y en ese acercamiento, había ido rompiendo barreras. Algunas imaginarias, como la primera coca cola en la cafetería del campus. Otras reales como el primer beso en el banco de al lado de la fuente.

Habían sido muchos meses de avances y retrocesos, pero ahora estábamos donde estábamos y donde queríamos estar. Muchos meses en los que en ocasiones había alcanzado consuelo a manos de ella. Pero también en muchas otras ocasiones, dicho consuelo había tenido que ser propio al llegar a casa en un estado de necesidad tal, que la explosión más que placentera se tornaba casi dolorosa. Es posible que conozcas dicha sensación o al menos te la hayan contado.

Pero por fin se había decidido y me había confirmado que íbamos a rematar. Nunca la presioné, las cosas fluían y llegaban hasta donde llegaban, pero cuando había que traspasar ese límite siempre decía que no estaba preparada.

Sin embargo ese día, por fin lo estaba, al menos eso decía, como creía estarlo yo. Nos saludos con un tierno beso en los labios y nos encaminamos al restaurante para cenar. No puedo decir que fuera de mi agrado: una conocida franquicia de comida americana y mejicana, pero era un día de no andar con remilgos.

De vaya marrón
De vaya marrón

Eligió la comida y he de decir que me sorprendió para bien, aunque quizá a juego con la noche que nos esperaba, con exceso de picante. Terminamos de comer y salimos como alma que lleva el diablo hacia su casa. Su compañera de piso estaba fuera y la tendríamos para nosotros solos.

En el camino hice repaso mental de cada paso que tenía y de cada paso que había dado. Dos de ellos sumamente importantes: manos suaves, gracias a Atrix y dos preservativos nuevos en la cartera. Ya tuve una experiencia fallida por tener las manos ásperas y otra por tener el envoltorio de los preservativos muy desgastado.

Cuando entramos en el ascensor jugó conmigo como quiso, haciéndome recordar aquel día en El Corte Inglés en el que me había martirizado con varias horas de compras. Supongo que pensó que me merecía un premio, por lo que pulsó el Stop y en apenas cinco minutos despachó de manera manual, lo que comenzó siendo oral y culminó -disparaba yo, pero apuntaba ella- con un remate viscoso en los espejos de las paredes.

Lo más divertido del día, fue su risa al reiniciar el ascensor nada más terminar. Por suerte me dio tiempo a vestirme, para alivio de la pareja de ancianos que esperaban para subir. Solo deseé que no fueran de los que se apoyan en las paredes.

Este día era distintos, entramos en su casa y nada más entrar se abalanzó sobre mí y comenzó a subirme el polo, según me besaba. Al instante noté que algo no iba bien: mi sistema digestivo. Fue un primer retorcijón, que pude aguantar no sin contraerme para evitar males mayores.

Traté de olvidarlo, según concentraba mis energías en quitarle el sujetador con la mano derecha. Siempre he pensado que los que diseñan estos broches, lo hacen con muy mala intención, puesto que siempre he tenido graves dificultades para hacer “el quite a una mano”. Subí mi otra mano que estaba ocupada en masajear la zona glútea, aprovechando también para empujarla hacia mi en una necesaria aproximación de las zonas inferiores.

Justo en el momento en el que conseguí soltar la prenda que sostenía aquel frontal que me volvía loco, una nueva contorsión hizo acto de presencia. Esta vez vino, con una virulencia tal, que hizo encogerme todo mi ser, ante su sorpresa.

– ¿Te pasa algo?

-Nada, nada, voy un segundo al baño- susurré con mucho apuró, según comenzó mi carrera.

Mientras que esperas la continuación que la fuerza te acompañe.