De un viaje a Logroño.

Aún recuerdo aquel día, no porque nos fuéramos a nadar como decía la canción, sino porque era un viernes, 14 de noviembre de 1986. Aunque realmente podría haber sido cualquier otro, tenía la particularidad de que apenas quedaban una quincena para mi inminente incorporación al servicio militar, por lo que ese mismo lunes había dejado de trabajar. Hago aquí un inciso para indicar que por “aquellos entonces”, este humilde servidor, compaginaba sus estudios con el noble y bizarro oficio de alfarero. Ya sabes aquello de:

Oficio Noble y Bizarro,

entre todos el primero,

pues en las artes del barro,

Dios fue el primer alfarero

y el hombre de primer cacharro.

Pero dejemos a la Iglesia en sus cuitas, puesto que el sucedido que aquí se describe, podría alcanzar la calificación de dos rombos y no ser del gusto del clero. Pese a que normalmente comparta página en Nueva Alcarria, con el mismísima Don Atilano.

Como iba diciendo, me encontraba ocioso y con algo de dinero en el bolsillo, por lo que me las ingenié para después de varias combinaciones de transporte público aparecer por Logroño.

No cuesta mucho imaginar, que con mis 19 años un viaje hasta Logroño, no podía tener otra explicación que la de tratar de retomar ciertos amoríos con una moza de buen ver que allí residía.  Amoríos que tuvieron siempre la cortapisa de la distancia, que hacía que realmente no fueran tales, sino más bien escarceos ocasionales cuando nos veníamos y “calentamientos telefónicos” el resto del tiempo.

Viajando a Logroño
Viajando a Logroño

Pero mira tú por donde, después de ver el estreno de una nueva serie policiaca; para  ser más concreto “Se ha escrito un crimen”, cuyo primer episodio fue emitido por Televisión Española el domingo anterior, opté por llamarla por teléfono, a ver que caía.

Estaba  todavía con mi mente en los entresijos que consiguió descifrar Angela Lansbury interpretando a Jessica Fletcher, cuando me contestó al otro lado de la línea. Cuál fue mi sorpresa, cuando en mitad de la conversión, me comentó que ese próximo viernes su hermana estaría en Madrid y sus padres salían de viaje a Barcelona. Con lo que me dio a entender, que por fin, podríamos consumar aquello, que había quedado postergado para mejor ocasión, por su obsesión a alcanzar la mayoría de edad.

Ni corto ni perezoso me planté en Logroño. Previamente me había personado en una farmacia, para hacer acopio de “goma elásticas” que pensaba agotar en ese fin de semana. Siempre he sido un iluso y he sobredimensionado mis capacidades. Pero volvamos al tema de la elasticidad,  puesto que también vestía un tipo de vaquero con dicha denominación, puesto que su tela era elástica. No mencionaré aquí por extenso, lo que un amigo mío hacía con un calcetín colocado de manera estratégica para que pareciera más “dotado” de la cuenta. Simplemente diré qué, aunque jugaba bien al fútbol le llamábamos “Paquete”, ya supondrás el motivo.

Por continuar con mi indumentaria, portaba además de mi camiseta negra de Iron Maiden con Eddie a la cabeza, chupa vaquera, botas camperas y dos cosas que igual te sorprenden: un piercing en la lengua (si si un piercing en la lengua, pecados de juventud) y una larga melena. Si entonces tenía una melena que me había cortado imitando a Glenn Hoddle, jugador inglés del Tottenham Hospur al que sentó Maradona en el mejor gol de la historia en Méjico 1986.

Una vez llegado a la capital riojana, me encaminé a una cabina de teléfonos. Para quien no lo sepa, una cabina es una de esas casetas que antes había por doquier y que se caracterizaban por tener un aparatoso teléfono fijo al que había que echar monedas de 25 y de 100 pesetas para poder hablar.

Nada más escuchar su voz, noté un subidón y no de adrenalina precisamente. Subidón que me hizo llegar más tarde que pronto a su casa, pese a las precisas instrucciones que me dio, puesto que mi mente estaba anticipando lo que presumía iba a ser un grato encuentro carnal…

Continuará…

Que la fuerza te acompañe.