De la Fotografía.

DE LA FOTOGRAFÍA.

En capítulos anteriores:

El desenlace de esta “intrincada” aventura por tierras riojanas parece que toca a su fin. Está a punto de producirse el desenganche, pero surgen algunos problemas.

Ninguno de los allí presentes estaba preparado para algo así. Ni siquiera la vecina del quinto, puesto que en aquél tiempo no se emitía “Saber Vivir”. Por tanto, nadie contaba ni con la herramienta ni con la preparación necesaria para la “Operación Libertad”. Seguramente era un caso que no venía en los manuales de primeros auxilios de la época. Igual desde aquel día, ya viene.

El médico descolgó el teléfono y entre grandes carcajadas y chistes groseros, se puso a relatar el sucedido a un compañero cirujano, según le pedía consejo y utensilios para la ocasión.

Recuerdo que el mundo se me vino encima, cuando el médico comentó a los enfermeros que el cirujano estaba en Arnedillo, preparando la Procesión del Humo que era a fin de mes y que al menos una hora y media tardaría.

De la fotografía

Por suerte en estos casos (aunque como el referido no he vivido muchos) siempre hay un vecino ocurrente. Pepe el vecino del quinto, tenía un amigo joyero. Con lo que se ofreció voluntario, para acercarse hasta allí para recoger herramientas de precisión. Algo que era de agradecer, dada la gravedad de la situación y la sensibilidad de los “órganos” afectados.

Esperando a que regresara Pepe con los utensilios necesarios, optaron por cubrirnos con unas mantas. Por suerte, dejaron al descubierto, además de su cabeza, la mía y la zona adyacente que la misma ocupaba.

Comenzando en ese momento con el debate de si colocar a mi compañera de cama una sonda, con el fin de aliviar su pesar y quien sabe si también el mío. Aún recuerdo el temor que atenazaba a mi ser, pensando en donde iría a parar su “su aguita amarilla”.

Sin embargo, con tanto movimiento y ajetreo, la providencia quiso que a ella se le pasaran las ganas de orinar, con lo que uno de los contratiempos había quedado salvado. Por mi parte, con una esponjita y con mucho oficio, tuvieron a bien humedecerme la boca. Eso sí, sin roce ni mácula para mi entonces amada que, con un afán meramente defensivo, se había armado de una dignidad a la altura de la mismísima Santa Teresa.

En ese lapso de tiempo desfilaron en procesión, para observar el prodigio que allí se había producido todos los vecinos del bloque sin excepción (además de Purita – cotilla oficial del bloque colindante –, Ambrosio el de la Pascuala y Gerónimo, un bombero en prácticas de padres boticarios). Curioso fue cuando llegó un redactor de “La Rioja” que quiso incluso sacar una fotografía “del acto” en sí mismo. No le dejaron, no quiero pensar lo viral que hubiera sido esa foto hoy en día en las Redes Sociales, para mayor gloria de Facebook y del mundo piercing.

Que la fuerza te acompañe.